Luz

A ella, que le gustaba presumir delante de la luna dibujando los lugares que había visitado, se le quedó corta la paleta de colores y le titubearon hasta los pinceles mas osados esa noche. La luna la observaba con una mezcla de condescendencia y ternura, consciente de que aquella mujer no podía escuchar su propia voz esa madrugada porque giraba a tal velocidad que sus oídos no podrían resistirlo.

– Te lo advertí -le dijo la luna- pero hace tiempo que elegiste ser sorda. Ahora que ya eres capaz de oír, quisiera saber por qué has dejado el lienzo en blanco.

– Para explicarlo, necesitaría inventar un lenguaje nuevo -le respondió ella mientras hacía otro intento desesperado de estrellar la mirada contra los confines ficticios de aquel infinito en el que aun no sabia que se había quedado atrapada para siempre. – Era tan fascinante y emitía tanta luz que sólo el color blanco se atrevería a insinuarlo, y muy bajito, con la voz temblorosa, porque sabe que se le queda corta para abarcarlo…

– ¿Y cómo llegaste hasta allí? – le preguntó la luna intrigada y algo nerviosa. El silencio que envolvía a aquella mujer mientras lo narraba, era tan atronador que estaba consiguiendo hacer interferencias con los vaivenes de sus mareas danzarinas. Se preguntó que increíble fuerza era capaz de provocar algo semejante y quiso saber el origen de tanta magia.

– Ocurrió después de haber sobrevolado todos los cielos pensables y haber caído en picado en todos los infiernos. Después de haber desgarrado en jirones la voz que siempre me había servido de guía por extraños laberintos de caos reflejados en ambas caras de una misma moneda. Como una imagen dividida por el espejo que la atraviesa al reflejarse sin poder romperlo. Decidí mandarla callar por primera vez, y el imperativo fue tan categórico que hizo que todo a mi alrededor estallara en pedazos. Me arrastró hacia la nada y me dejó a la deriva susurrándome todas mis lagunas. Y allí, en mitad del silencio, con la realidad hecha añicos bajo los pies y los pies mas en la tierra que nunca, decidí acariciar las señales. Primero fue un eco burlón, salia corriendo de dentro y se me escondía detrás de cada esquina. Y a mi me gustaba perseguirlo, se disfrazaba de todas las cosas y entre una y otra se convertía en sombra.  Al acercarme más se convirtió en un murmullo, como de olas, y decidí asomarme al abismo a través de unos ojos cualquiera, los mas bellos que tuve a mano. Fue tan sólo una pataleta caprichosa del destino, una lotería macabra del azar, que arrojó todas las papeletas en una dirección cualquiera. Pero me acerqué tanto al borde que resbalé sin querer, y en plena caída pude oírlo tan claro que me di la vuelta del revés y pude ver como a mi alma se le ponía la piel de gallina. Y me abandoné a esa caída libre atravesando todos los secretos de la incertidumbre, disfrutando del descenso hasta que estalló una tormenta y empezaron a tronar los latidos. Y yo, que nunca había visto un corazón de cerca pero me lo habían contado, me encontré con el mío en lo más profundo. Entonces simplemente dejé que los lazos invisibles se enredaran en mis alas y no me permitieran remontar el vuelo, estrellándome contra el fondo de mi misma. Me asuste tanto en el momento del impacto que tuve que cerrar los ojos. Y al volver a abrirlos después de haber sido ciega siempre, simplemente le vi delante, sereno…

– ¿Y qué hiciste entonces? -le preguntó la luna fascinada. Aquella mujer parecía tener ligeros indicios del misterio que la tenía atrapada en la noche desde hacía tanto tiempo.

– Le quité las llaves y entré sin su permiso. Y me encontré de golpe con toda la belleza y quise quedarme allí para siempre…

– ¿De qué hablas? Me suena a una especie de mundo fantástico… – hasta la luna, inquebrantable en su magia eterna, la miraba escéptica.

– Exacto. Estando dentro todas las canciones fueron una sola y yo me volví agua fluyendo hacia todas las maravillas que me encontraba a mi paso, que en realidad eran todas una. Le invité a entrar, quería que fuera testigo del mundo que tan celosamente custodiaba, pero en ese momento estaba entretenido jugando con la sombra que su propia luz proyectaba,
sin girarse para mirarla a la cara. Y no había campos, ni bosques, ni mares o montañas. Aquel mundo estaba hecho solo de piel  latiendo al compás de una respiración en mi oído que convertía el aire en caricia. Y todos los muros que había eran de mentira y todas las cadenas podían romperse con un beso…

– ¿Y te permitió quedarte allí?
– Tan solo un instante, pero tan perfecto como para ser eterno.

– ¿Y ahora qué?

– ¿Y eso qué más da? Me basta con haber estado una sola vez para saber que ese mundo existe y él es su dueño. El resto es solo una pregunta sin respuesta porque ahora se que ya está escrita en todas partes, sólo hay que encontrarla cualquier día en cualquier parte, donde quiera que la casualidad la dejara olvidada.

La luna la miró perpleja y se retiró a pensarlo, preguntándose que pasaría si un día decidiera encontrarse con el sol en vez de seguir huyendo, como decidían hacer algunos locos que ni siquiera sabían de lo que hablaban pero lo hacían con tanta energía que parecían saberlo todo. Se preguntó si ella sería capaz de hacer girar la tierra del revés con una fuerza igual de poderosa que la que le había descrito esa mujer tan rara través de un lienzo en blanco en el que podía dibujarse cualquier cosa.

La luna la dejó durmiendo y pudo verle a él bajando las persianas extrañado, pensando que demonios soñaba esa mujer, si es que soñaba algo…

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