Historias

Hay historias escritas a base de silencios, de sobreentendidos tatuados en la piel mediante caricias furtivas.  Historias en las que las palabras no existen ni son necesarias.

Es posible que esas historias sean las mas hermosas, porque están tejidas con hilos invisibles y por eso no tienen costuras. Ni derechos, ni reveses, ni etiquetas mal pegadas en los laterales.

Yo conozco una de esas historias, me la contó alguien que no recuerdo ni quien es. Me la contó en un momento cualquiera de mi vida y en un lugar cualquiera. Lugar que no reconocería aunque volviera a ir mil veces, porque en realidad nunca estuve allí. Y me la contó sin voz, la única manera en la que se pueden contar estas historias que nunca sabes si son reales aunque sean las únicas que dejan huella.

Ella era también una mujer cualquiera, de esas que engañan si no las conoces. Del montón digamos, de las de ni fu ni fa. Y él un tío sin nombre ni identidad, de los  que te cruzas a diario por la calle y pasan desapercibidos por completo.

Se conocieron en todos los sitios y en ninguno, eso da igual. Y no hubo ni flores, ni viajes, ni cenas, ni cines, ni nada que hiciera sospechar que esa historia fue tal. En realidad podría decirse que fue como si nunca hubiera sido.

Cuentan que ella le quiso sin medida, como sólo se puede querer a las cosas que parece que no existen. Cuentan que le cantaba a diario, le cantaba siempre desde muy lejos, porque la voz se le quebraba en cristales invisibles cada vez que le tenía al lado.

Nunca le miraba a los ojos porque se le incendiaban al verle, ni le cogía de la mano por miedo a quedarse presa en sus dedos. Se vestía sólo con su piel y a todas horas le andaba pensando. Le cubría de besos las noches enteras, pero también de lejos, por miedo a despertarle y que la mirara de nuevo. Le temía, le temía tanto…Y le escribía,  le escribía cada vez que se le derramaba la voz por las venas,   porque él le encabronaba el corazón y se le desordenaban todos los latidos. Le dijo mil veces te quiero, pero nunca lo gritó lo suficientemente fuerte como para que él la oyera en serio.

Le amaba como solo pueden amar los locos, respirándole por las esquinas, latiendo al ritmo de sus pasos, suicidándose en sus besos y resucitando a cada ausencia.

Le amó como aman los niños,  amó sus sonrisas, amó sus mil caras, sus mascaras, amó sus defectos, amó cada uno de sus misterios, amó todo lo que callaba y sobretodo lo que él nunca creyó haberle mostrado.  Le amaba entero, sin dejarse ni un solo milímetro de él sin amar, ni siquiera los que él pensaba que guardaba celosamente para si mismo.

Y cuentan que un día nadie volvió a verla nunca más.  Algunos dicen que era todo mentira desde el principio, otros que la mató,  otros que anda por ahi con el alma hecha jirones, otros que en realidad nunca existió del todo y los más osados dicen que todavia se la puede ver de vez en cuando abrazada y llorándole a la nada…Y si le preguntas a él, él nunca te responde…

Pero yo conozco el final real de esa historia tejida de hilos invisibles.  Aquella loca nunca puso normas, no le hacían falta palabras que le gritaran lo que no quería oir, ni pedía mas verdades que su presencia necesaria incluso cuando él no estaba en todas partes.

Aquella loca sólo le había pedido una cosa. Que si alguna vez tenía que acabar esa historia sin principio, que no fuera nunca porque lo dejaran morir lentamente. Pero él quiso entretenerse viéndolo agonizar en sus brazos, tan peculiares habían sido desde siempre sus aficiones. Al verlo sin aire, no tuvo valor de pegarle un tiro, seguramente porque pensó que ella también moriría y siempre le había dado mucha grima ensuciarse las manos. Posiblemente no fuera por cobardía,  sino más bien por pereza, lo suyo no eran los numeritos y en aquel iba a haber mucha sangre. Así que siguió estrangulándolo a base de indiferencia, a falta de algo mejor que hacer, hasta que ella se diera cuenta y viniera a hacer algo. Sabía que ella no lo permitiría,  como siempre sabía todo, hasta lo que no pasaba.

Cuando la vio llegar a la escena del crimen se marchó sin hacer ruido, como tantas otras veces, como si no hubiera estado allí. Le dejó el amor retorciéndose en el suelo, con las luces apagadas y tan solo un hilo de cordura, lo suficiente para que tropezara  con él y pudiera darle el tiro de gracia.

Sabía que no iba a soportar un final tan mediocre. Al oir el disparo sonrió aliviado. Ambos podrían decir que habia sido ella quien decidió matarlo. Ni siquiera se giró a mirar si le lloraba.

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